Todo empieza así: no hubo escuela ni estudios.
No porque no se quisiera aprender, sino porque se vivía en zonas tan retiradas
que la educación de libros simplemente no llegaba.
Para poder estudiar, el que de veras quería, tenía que caminar todos los días
hasta el pueblo más cercano. Horas de camino, de ida y de regreso.
Algunos lo hicieron.
Otros prefirieron seguir la tradición de los abuelos:
trabajar la tierra y aprender lo que dicta el campo y su entorno.
No sabían leer… pero no por eso se les dificultó la vida
Nuestros abuelos no sabían leer ni escribir, pero no por eso la vida se les hacía más difícil.
Aprendían mirando. Observando a los mayores.
Mirando cómo se agarraba la coa, cómo se abría el surco, cómo se acomodaba la carga
y cuándo ya no convenía seguir trabajando.
El conocimiento no venía del cuaderno.
Venía del cuerpo y de la repetición.
Las medidas del grano: el cuartillo y la anega
Para medir el maíz, el frijol y otros granos, en este rancho se usaba el cuartillo.
Era una caja de madera y su capacidad era de cinco litros.
No se medía por peso.
Se medía por volumen.
Y para cantidades grandes se hablaba de la anega.
Aquí, la anega ya se entendía en la práctica como cincuenta kilos.
Las cuentas se hacían con rayas
Para sumar o multiplicar no se ocupaba papel.
Se hacían rayas en una pared, marcas en una piedra lisa
o señales con carbón.
Ahí se llevaban las cuentas de los días trabajados,
de los encargos y de los pendientes.
La pared era la libreta.
La balanza y las piedras
También se usaba la balanza, de dos platillos.
No había juegos de pesas de fierro.
Se usaban piedras.
Esa piedra ya era conocida en el pueblo.
Era la referencia.
Una piedra era la unidad.
Dos piedras, el doble.
Y aunque no fueran pesas de fábrica,
todos las respetaban,
porque esa era la piedra del rancho.
El calendario no estaba en números
Los abuelos no sabían leer los días ni las fechas,
pero sí sabían decir cuándo era tiempo de calor,
cuándo venía el frío y cuándo cambiaba la temporada.
Se guiaban por el clima, por la posición del sol
y por la manera en que se veían los astros en el cielo.
Ese era su calendario.
Medir con el cuerpo: la cuarta
Había otra forma de medir, muy usada para la madera.
Se medía por cuartas.
La cuarta era lo que alcanzaba la mano extendida.
Decía la Tía Petra:
“Mijito, tráeme una tabla de más o menos cinco cuartas”.
No era una medida exacta.
Era una medida práctica.
La cuarta también era juego
La cuarta no solo servía para medir.
También era juego.
Se usaba una pared.
Cada quien tiraba su moneda.
Al rebotar, la moneda tenía que quedar a una cuarta o menos
de la moneda del contrario.
Si le atinabas, te quedabas con la moneda.
Si no, tiraba el otro.
Se le decía el juego de la cuarta o la cuartita.
Medir con un hilo: los huaraches
Decía la Tía Petra:
“Mijito, hoy voy al pueblo… voy a ir a ver venga”.
Agarraba un hilo, le hacía un nudo en una orilla,
se lo ponía al pie del niño
y donde terminaba el dedo gordo
le hacía otro nudo.
Con ese hilo llegaba a la tienda
y medía los huaraches.
Y salían justo a la medida.
La talega
También se hablaba de la talega.
Cuando alguien decía:
“ahí te traje una talega de maíz”,
no estaba hablando de litros ni de kilos.
La talega era la bolsa.
El costal chico.
Era una forma práctica de entregar el grano.
La vara en las carreras de caballos
En las carreras de caballos no se hablaba de metros.
Se hablaba de varas.
Decían:
“El alazán le ganó al tordillo con dos varas”.
Era una forma visual de decir cuánta ventaja hubo al llegar.
Las leguas
Para medir los caminos se hablaba de leguas.
No se pensaba en kilómetros.
Se pensaba en la jornada.
Una legua era un tramo de camino que se avanzaba en buen paso.
Y varias leguas ya se entendían como medio día
o un día completo de camino.
La firma era la huella
Cuando había que hacer un trámite en una oficina
y el campesino no sabía leer ni escribir,
el funcionario le decía:
“firme aquí”.
Y como no sabía escribir,
la firma era la huella.
Un dedo en la tinta.
Eso bastaba.
Pero en el rancho… valía la palabra
En los papeles del gobierno, la firma era la huella.
Pero en el rancho no hacía falta huella.
En el rancho valía la palabra.
Si un hombre decía:
“mañana te pago”,
mañana te pagaba.
Si decía:
“yo te lo llevo”,
te lo llevaba.
No había papel.
No había sello.
Había respeto.
Cierre
Así se aprendía la vida en los ranchos de Zacatecas.
Sin libros.
Sin números.
Sin papeles.
Pero con los ojos bien abiertos.
Y usted…
¿cómo lo recuerda?

