Un pueblo de meseta, agua y campo en el sur de Zacatecas
En esta sección se documenta la historia, el territorio y la vida cotidiana de Atolinga, un pueblo del sur de Zacatecas cuya identidad se ha construido a partir del campo, el agua, las rancherías que lo rodean y una vida comunitaria centrada en su plaza, su iglesia y su presidencia municipal.
Este registro integra información de archivo histórico, documentos oficiales y memoria viva de quienes crecieron y vivieron en el pueblo.
Atolinga dentro de la región
Atolinga se localiza al sur del estado de Zacatecas y mantiene una relación histórica, administrativa y comercial muy estrecha con Tlaltenango de Sánchez Román, que durante muchos años fue el principal punto de comercio, servicios y conexión regional.
Desde sus orígenes, Atolinga no se consolidó como un centro comercial, sino como cabecera para las rancherías cercanas, a donde las familias acudían principalmente para resolver asuntos civiles, religiosos y de gobierno.
El territorio y el agua
Atolinga se asienta sobre una meseta, en la parte alta del cañón de Tlaltenango, a más de dos mil metros sobre el nivel del mar.
El territorio pertenece a la cuenca del Río Bolaños y cuenta con un arroyo que cruza la cabecera municipal, así como con pozos de abastecimiento.
La presencia de agua, junto con su clima templado con lluvias de verano, ha favorecido históricamente la agricultura y la ganadería, actividades que dieron origen y permanencia al asentamiento.
Un pueblo de cabecera, no de paso
Atolinga no fue un pueblo de tránsito ni un centro de comercio regional.
Su función principal fue la de cabecera para numerosas rancherías cercanas, cuyos habitantes acudían al pueblo para:
- arreglar asuntos legales en la presidencia municipal,
- realizar trámites civiles,
- atender asuntos religiosos como bautizos, bodas y celebraciones,
- y adquirir víveres básicos.
El pueblo se organizó alrededor de su plaza, su iglesia y la presidencia, todas construidas originalmente con piedra de cantera y técnicas tradicionales.
La plaza, “el cuadro”
La plaza, conocida entre la gente de las rancherías como “el cuadro”, ha sido el principal punto de encuentro.
Fuera de las fiestas, los fines de semana la gente se reunía para:
- sentarse en las bancas,
- comprar comida en pequeños puestos,
- convivir después de la misa,
- platicar de la ganadería y las siembras,
- intercambiar recetas, costuras y productos de casa,
- y permitir que los niños corrieran y compraran alguna golosina.
Durante muchos años, el autobús regional tenía su punto final en la plaza, desde donde salían los viajes hacia Tlaltenango y otros destinos, convirtiendo al jardín municipal en un punto natural de llegada y despedida.
La iglesia en la vida del pueblo
Para la población mayor, la iglesia fue un eje fundamental de la vida comunitaria.
Para las generaciones más jóvenes, la iglesia se relacionó sobre todo con el ambiente festivo: danzas, ferias patronales, música, charreadas, carreras de caballos y celebraciones populares.
La fiesta patronal en honor a San Cayetano se celebra cada año a inicios de agosto y continúa siendo uno de los momentos de mayor reunión comunitaria.
La gente y su trabajo
La mayor parte de la población de Atolinga se ha dedicado históricamente a la ganadería y la agricultura.
Las tierras fértiles y la disponibilidad de agua explican el establecimiento del pueblo en este punto del territorio.
Quienes contaban con menos recursos trabajaban como peones, albañiles, herreros o al servicio directo de ganaderos y agricultores.
Entre las rancherías más reconocidas de la región se encuentra la comunidad de La Laguna, destacada tradicionalmente por su actividad ganadera, aunque en menor o mayor escala, las demás rancherías compartían el mismo modelo productivo.
Calles, centro y transformación
A finales del siglo XIX se empedraron las calles céntricas del pueblo y se consolidaron los edificios públicos.
Con el paso del tiempo, el empedrado fue sustituido por pavimento y recubrimientos modernos, modificando la imagen tradicional del centro.
Hoy conviven construcciones antiguas de adobe, con techos de tierra o losa, con edificaciones recientes de materiales modernos.
Migración y nueva imagen urbana
Durante la segunda mitad del siglo XX la migración marcó profundamente a Atolinga.
Una gran parte de los jóvenes emigró, principalmente hacia Estados Unidos, lo que redujo de forma notable la población local.
Con el paso de los años, muchos migrantes regresaron o enviaron recursos para construir nuevas viviendas. Estas casas incorporaron diseños y estilos aprendidos en el norte, generando un paisaje urbano particular donde conviven grandes viviendas de estilo estadounidense junto a corrales, bardas de piedra y antiguas casas rurales.
En varios casos, las casas fueron construidas por familias que ya no regresaron a habitar el pueblo, quedando como viviendas cerradas o de uso temporal.
Un pueblo de campo
La economía de Atolinga se sostiene principalmente en el sector primario.
Predominan los cultivos de maíz y forrajes, y la crianza de ganado bovino, porcino, caprino y ovino, además de aves de corral.
La actividad industrial es mínima y se limita a pequeños talleres, panaderías, elaboración local de queso y ladrilleras.
El comercio se orienta casi exclusivamente a productos básicos: abarrotes, carnicerías, molinos de nixtamal, farmacias y fondas.
El municipio mantiene conexión de transporte regional con Tlaltenango, Guadalajara y la capital del estado.
Fiestas, danzas y tradiciones
Entre las principales celebraciones del municipio se encuentran:
- la fiesta patronal en honor a San Cayetano (finales de julio y primeros días de agosto),
- la celebración de San Agustín en la comunidad de El Durazno,
- las danzas de mayo en Laguna Grande y Villa Hidalgo,
- y la tradicional fiesta y danza de la Santa Cruz.
Destaca también la pastorela, una de las tradiciones más antiguas del pueblo, representada cada año por habitantes de la propia comunidad, conservando el lenguaje popular y la organización comunitaria. La celebración culmina con la quema de los siete vicios y el tradicional castillo.
Música, artesanías y comida
La música que tradicionalmente se disfruta en el pueblo incluye el tamborazo, el mariachi y el corrido de Atolinga.
Entre las artesanías locales se elaboran cintos piteados.
La gastronomía tradicional incluye, entre otros platillos: chuales, huachales, moles de puerco y de hongos, frijoles, gorditas de horno, atole blanco, tacachotas y nopales.
Entorno natural
El municipio forma parte del entorno del Cañón de Bolaños, además de contar con parajes, ojos de agua y zonas de cascadas que forman parte del paisaje regional.
Un pueblo que no fue mercado, sino comunidad
Atolinga no se desarrolló como un centro comercial ni como ciudad de paso.
Fue, y sigue siendo, un pueblo de cabecera, de servicios básicos, de campo, de rancherías, de migración, de plaza y de convivencia.
Su historia no se entiende desde los grandes acontecimientos nacionales, sino desde la vida cotidiana: el regreso del paisano, el músico recorriendo cantinas en feria, la banca del jardín, el pan con refresco al anochecer y la espera del camión en la plaza.
Fuentes y créditos
Bibliografía y archivos consultados
- INEGI, 1995 y 2000.
- Casas C., Bernardo. Monografía. Atolinga, Zacatecas.
- Archivo de la Oficina de Desarrollo Económico y Social de Atolinga.
- Libros de Gobierno del municipio.
- Archivo parroquial de la Parroquia de San Cayetano.
- Archivo oral: Salvador Serrano, Pedro del Real, Juan Francisco Tejeda, Apolonio Figueroa y Guadalupe Sánchez.
- Fotografía: José Luis Figueroa Castañeda.
Créditos del archivo histórico
Recopilación y redacción original:
Prof. José de Jesús González Domínguez
L.A. José Luis Figueroa Castañeda

