Un río que da agua, que acompaña al pueblo y que por generaciones fue visto como algo cercano y conocido.
Pero los abuelos siempre decían que el río también tenía su carácter.
Ellos contaban que, cuando llovía fuerte en la Sierra de Morones, no había que confiarse, aunque en el pueblo no cayera ni una gota.
Porque el agua de la sierra baja… y cuando baja, a veces no avisa.
Así ocurrió en una ocasión que quedó marcada en la memoria colectiva: el día en que el Río Xaloco se desbordó.
No se recuerda como un número ni como una estadística, sino como un momento en el que el río salió de su cauce y mostró su fuerza.
Un suceso que los mayores siguen mencionando cuando hablan del respeto que siempre se le ha tenido al agua y a la sierra.
Desde entonces, esa historia se cuenta como advertencia, no como miedo.
Como una enseñanza que pasa de generación en generación.
“El río es bueno…
pero cuando la sierra se carga de agua,
hay que saber escucharla.”
Este recuerdo forma parte de la memoria oral de Tlaltenango, una de tantas historias que no siempre están escritas,
pero que siguen vivas en la palabra de quienes las vivieron.

